“El mundo moderno ha conocido a la mujer que ha querido emanciparse (material y socialmente) del hombre, pero no ha conocido el hombre que haya sentido la necesidad de emanciparse (interior y espiritualmente) de la mujer. La atmósfera «ginecocrática» de la civilización occidental contemporánea (y más todavía de la civilización norteamericana) está bastante bien descrita en estas palabras puestas en boca de un personaje de D. H. Lawrence (Aaron’s rod, cap. XIII): «La importancia fundamental de la mujer en la vida, la mujer portadora y fuente de vida, esa es la creencia profesada y profunda de todo el mundo blanco… Todos los hombres, o casi todos, aceptan ese principio. Todos los hombres, o casi todos, en el momento mismo en que imponen sus derechos egoístas de jefes machos, aceptan tácitamente la superioridad de la mujer portadora de vida. Comulgan tácitamente en el culto de lo que es femenino. Están tácitamente de acuerdo en admitir que la mujer representa lo que hay de productivo, de bello, de apasionado y de esencialmente noble en el mundo. Y aunque puedan reaccionar contra esta creencia, detestando a sus mujeres, recurriendo a prostitutas, al alcohol y a cualquier otra cosa, como rebelión contra ese gran dogma ignominioso de la superioridad sagrada de la mujer, lo que están haciendo es profanar el dios de su verdadera ley. Profanando a la mujer, continúan, aunque sea negativamente, rindiéndole culto… El espíritu de la virilidad ha desaparecido del mundo… Los hombres [de hoy] no podrán unirse nunca para llevar a cabo el buen combate, porque tan pronto como se adelanta una mujer con sus hijos, encuentra un rebaño de corderos dispuestos a defenderla y a apagar la revuelta.»
-D. H. Lawrence citado por Julius Evola








